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ENTRE LA REFORMA Y LA REVOLUCIÓN.

LA INDEPENDENCIA PERUANA:UN BALANCE HISTORIOGRÁFICO
Lic. Daniel Morán
Universidad de San Marcos
Publicado en Praxis en la Historia. Revista del Taller de Estudios Histórico – Filosóficos. Año IV. Número 4. Diciembre del 2005. Lima – Perú – UNMSM. Págs. 111 – 139; y en Historia 8. Revista de la Escuela de Historia de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Número 8. Octubre del 2006.
RESUMEN
El análisis de la independencia peruana es esencial para comprender al Perú que surge en aquella coyuntura y que se desarrolla a lo largo de la vida republicana. En ese sentido, la confrontación de distintas tendencias de pensar y reflexionar la historia independentista ofrece la ocasión propicia para averiguar su proceso de vida, el papel de las clases sociales (elite y pueblo) y el significado histórico de nuestra independencia nacional. Así, este balance historiográfico pretende indagar sobre la complejidad de aquel proceso de la historia peruana.

PALABRAS CLAVE:

Independencia / Emancipación / Perú / Balance historiográfico / Clases populares / Elite/ Reforma / Revolución.

BETWEEN REFORM AND REVOLUTION.
INDEPENDENCE OF PERU: A HISTORICAL REPORT.

ABSTRACT
There can be no doubt that analyze the independence of Peru is important in order to think and understand how it was formed and its historical development. Thus, if we compare different ways of think in that period, it could offer us an occasion to search the role of the social class and the historical meaning of our independence. As a result, this balance wants to show the complexity of that process in the Peruvian history.

KEY WORDS:

Independence / emancipation / Peru / Historiographical balance / popular classes / elite / Reform / Revolution

INTRODUCCIÓN
Comprender nuestra realidad es importante, reflexionarla y transformarla una necesidad vital. El ensayo que a continuación desarrollamos gira en torno a esas preocupaciones.
Diversos historiadores afirman que a lo largo de la historia del Perú existen tres momentos fundamentales: la invasión española al imperio de los incas, la independencia nacional y la guerra de Chile contra el Perú.
[1] Aquellos períodos representan en la memoria común del país, “un triángulo de discursos históricos que han terminado por afianzar una suerte de frustración colectiva, de ocasiones perdidas y de agravios nacionales.”[2] Es decir, estos procesos históricos influyeron y aún siguen afectándonos en la actualidad. De ahí la trascendencia de razonar sobre ellos.
La inestabilidad política y social, la ingobernabilidad, la amenazada soberanía, el autoritarismo y la incipiente democracia - las que en el tiempo actual cobran una significativa relevancia - tienen su origen paralelo al nacimiento del Estado peruano autónomo. Entonces, la independencia es una coyuntura histórica de la que se derivan algunos de los principales problemas del Perú republicano.
Así, han pasado más de ciento ochenta años de la fecha en que San Martín declarara la independencia y el congreso constituyente eligiera a la república como forma de gobierno y, sin embargo, las dificultades en el presente parecen ser idénticas. Recordemos, además, que el 28 de julio sirve para legitimar el sistema político contemporáneo. Es la base del estado de cosas en donde nos movemos. Por lo tanto, es indispensable su estudio y comprensión.
Sabemos, también, que la descripción y narración de los hechos, la historia de los personajes sobresalientes, las fechas y datos claves son en sí básicos y esenciales. No obstante, en esta oportunidad, lo que se busca es el análisis, la interpretación y la reflexión de los acontecimientos. En pocas palabras, el significado de la independencia peruana a partir de las posiciones y tendencias historiográficas - algunas de ellas contrapuestas - que subsisten sobre el tema.
En ese sentido, la investigación que presentamos es un balance historiográfico sobre la independencia en el Perú. Es un diálogo de puntos de vista, argumentos e ideas entre las diferentes tendencias de pensar la historia de la emancipación.
Es asimismo un trabajo necesario e imprescindible para conocer nuevos datos, argumentos y opiniones en torno al tema de estudio y no caer así en una simple repetición de tesis ya enunciadas por otros. Además, nos sirve, esencialmente, para plantearnos interrogantes en nuestra propia investigación.
En consecuencia, este balance historiográfico lo dividimos en dos partes. Comenzaremos explicando las características generales de las tendencias historiográficas sobre la independencia. Tanto sus puntos de encuentro como las discrepancias respectivas. Ubicaremos también a los historiadores más representativos en cada una de aquellas formas de entender la historia independentista. Seguidamente, en la parte central del estudio, ofreceremos el debate de las ideas, tesis y argumentos de cada una de las tendencias que existen sobre la independencia peruana. Para cumplir con aquel objetivo, hemos visto oportuno, separar temáticamente dicho debate: 1. La independencia peruana como proceso; 2. El papel de los actores históricos en la independencia (la clase social dominante y los sectores populares); y 3. El significado histórico de la independencia.
Finalmente, terminamos con algunas reflexiones y una posible propuesta de investigación.

TENDENCIAS HISTORIOGRÁFICAS SOBRE LA INDEPENDENCIA PERUANA.
CARACTERÍSTICAS GENERALES.
Con la celebración del sesquicentenario de la independencia peruana en 1971, se iniciaron las publicaciones de numerosos textos sobre este proceso histórico. La mayoría de los libros iban a repetir las mismas tesis ya enunciadas por la historiografía oficial. Incluso el gobierno militar de turno, nombró una comisión especial para recopilar y publicar una inmensa colección documental sobre la emancipación. El resultado final fue más de cien volúmenes de documentos impresos, todos con una definida visión nacionalista.
Aquella primera tendencia historiográfica está ligada fuertemente a la Academia Nacional de la Historia. Dichos historiadores fueron precisamente los encargados de la mayor empresa editorial en el país como fue la elaboración de la colección documental. Denominamos a esta tendencia historia tradicional. Su carácter en netamente oficial y conservador. La visión que tiene de la emancipación es fuertemente nacionalista. Ponen especial atención en los próceres e ideólogos, y en la toma de conciencia colectiva de todos los peruanos - sin distinción de razas y de credos - por la separación definitiva de España. Así, todos luchamos convencidos de aquel objetivo común.
El representante más importante de la historia tradicional es el Doctor José Agustín de la Puente Candamo quien fuera discípulo de José de la Riva Agüero y Víctor Andrés Belaunde. De ahí se entiende su visión hispanista y cristiana de la historia del Perú. Dentro de la historia tradicional tenemos también a Raúl Porras Barrenechea y a los miembros de la Academia Nacional de la Historia.
Es en respuesta a esta última tendencia historiográfica, a sus “viejas tesis” y a la coyuntura de 1971 que, el Instituto de Estudios Peruanos, editó “La independencia en el Perú: Las palabras y los hechos” de Heraclio Bonilla y Karen Spalding. La finalidad, según ellos, fue poner al descubierto lo que la historia oficial con tanto ahínco quería ocultar; que la “independencia fue concedida más que obtenida.” Aquella afirmación causaría revuelo en el ambiente nacional y es a partir de aquel instante que la polémica en torno a la independencia se mantendrá hasta nuestros días. Recordemos, entonces, que el debate marcó la confrontación de dos maneras de comprender e interpretar la época de la independencia, una suerte de combate: historia contra historia; la tradicional (historia oficial) y la nueva historia (historia crítica).
[3]
Así, el artículo de Bonilla y Spalding, que apareció en el verano de 1972, fue calificado de materialista y de representar una visión dependentista, al enfatizar en los factores externos como generadores del proceso de emancipación.
[4] Pablo Macera, por su parte, señaló que el texto podía ser considerado como una inflexión importante frente a la historiografía tradicional. No obstante, advirtió que no solamente era necesario criticar y destruir dicha imagen convencional, sino crear una visión alternativa científicamente válida acerca de la independencia.[5] En ese sentido, las investigaciones que surgieron luego de la publicación del controvertido artículo, buscarán ahondar sobre aquella problemática.
Así, entre los historiadores que se acercan y comparten los argumentos centrales de la tendencia historiográfica que hemos denominado historia crítica tenemos a John Lynch, Brian Hamnett, Timothy Anna, Pablo Macera y Alberto Flores Galindo. Cada uno de ellos desarrollará sus ideas y planteamientos con algunos matices y divergencias, pero que, al fin y al cabo, se asemejan entre sí en las partes más importantes.
Por otro lado, como dijimos líneas arriba, las controversias que suscitaron los planteamientos y afirmaciones de Heraclio Bonilla y Karen Spalding, llevaron a diversos investigadores a repensar el proceso y el significado de la emancipación peruana. En aquel nuevo terreno de indagación, ubicamos a una tercera tendencia historiográfica sobre la independencia que intenta matizar las dos interpretaciones anteriores. Un grupo de estos historiadores como John Fisher, Scarlett O’Phelan y dos clásicos de la historiografía peruana como José de la Riva Agüero y Jorge Basadre, ponen énfasis en los movimientos sociales y en los diferentes intereses regionales existentes entre los sectores sociales de la colonia. Insertándose a esta tendencia tenemos también a Gustavo Montoya.
En las décadas de los 80 y 90 una cuarta tendencia historiográfica aparece; es la llamada historia política y cultural. Su punto esencial de análisis son los espacios públicos como una nueva forma de socialización y en el cual surge también una nueva cultura política con su respectivo lenguaje y vocabulario político. Por ejemplo, tal es el caso de Francois Xavier Guerra y Marie Danielle Démelas. Con muchas similitudes a dicha tendencia tenemos los trabajos de Charles Walker y Sarah Chambers, quienes reflexionan las relaciones entre sociedad y Estado en el Perú. Específicamente, dirigen sus miradas hacia las regiones y las clases populares en el tránsito de la colonia a la república.
Es realmente difícil dividir en tendencias a los diferentes historiadores que han trabajado sobre el proceso de la independencia peruana. Por ello, el esquema que hemos presentado, tiene que ser tomado como una propuesta, y que se encuentra siempre abierta a nuevas aportaciones y modificaciones parciales.

ENTRE LA REFORMA Y LA REVOLUCIÓN. LA INDEPENDENCIA PERUANA EN DEBATE.
A continuación, ofrecemos las diferentes interpretaciones que existen sobre la independencia en el Perú. Con ese fin, hemos visto oportuno recurrir - a veces en demasía - a las citas textuales de los historiadores que se ocupan del tema. Pero lo hacemos para que se pueda apreciar tal y como las exponen dichos autores y así no se piense que nosotros las estamos interpretando erróneamente.

1. LA INDEPENDENCIA PERUANA COMO PROCESO
Para la historiografía oficial la independencia es un proceso nacional, es el resultado de una toma de conciencia colectiva. Lo cual demostraría la unidad y uniformidad de la población peruana, es decir, el Perú mestizo como el protagonista principal de la lucha emancipadora.
[6] Es un proceso nacional, nos dicen los tradicionalistas, porque abarca un período de tiempo en donde se inicia - con la rebelión de Túpac Amaru en 1780 -, desarrolla, consolida y consigue - en 1824 con las batallas de Junín y Ayacucho - nuestra liberación de España[7], la misma que se extendería a lo largo del virreinato peruano.
En apreciación de José A. de la Puente Candamo:

“La proclamación de la independencia que se va produciendo en uno y otro lugar del Perú [...] constituye clara manifestación de un mismo proceso humano, en el cual está presente una voluntad de autonomía [...] expresa un espíritu creado en un largo proceso de madurez.”
[8]

Así, para la historia tradicional, todas las regiones del Perú buscaron la ruptura con el régimen colonial. Además, la toma de conciencia colectiva lleva a entender que tanto los criollos, mestizos, indígenas, negros y demás castas, hicieron suya la idea común de lograr su independencia. Los grandes desequilibrios sociales dejaron de existir y todos unidos - en la sociedad mestiza - con una sola meta, obtuvieron el triunfo.
Veamos la siguiente cita: “El Perú llega a la independencia por un pausado y firme recorrido humano en el cual cada persona, en su propia conciencia y en su momento, se adhiere a la causa de la separación de España.”
[9]
Por su parte, Raúl Porras Barrenechea considera que “cincuenta años de trabajo costó la libertad en el Perú”
[10], y que la conciencia revolucionaria de los peruanos estuvo formada desde antes de la crisis española de 1808. En pocas palabras, para Porras “la idea de independencia había ganado en el Perú todos los espíritus” [11] y, por lo tanto, era inminente la ruptura con España.
Aquella tendencia nacionalista de la independencia iba a ser refutada por Heraclio Bonilla y Karen Spalding. En su opinión, la independencia fue un proceso, pero no nacional. Las diferentes regiones del virreinato no tenían los mismos intereses ni deseaban la separación definitiva. Igualmente, es erróneo hablar de una toma de conciencia colectiva por la mayoría de peruanos, así como la formación de un Perú mestizo. Porque no existió una unidad en la sociedad colonial. Ésta fue “altamente estratificada y diferenciada y sus líneas de separación y de oposición fueron trazadas a partir de criterios económicos, raciales, culturales y legales.”
[12] Es una sociedad heterogénea con un gran abismo social, en donde no es apropiado sustentar la existencia de una sociedad mestiza como autora de la independencia. Para Bonilla y Spalding, los argumentos de la historia tradicional al respecto tratan de ocultar el conocimiento real y objetivo de las grandes fisuras sociales existentes en el período colonial peruano.
En esa misma línea de interpretación, John Lynch afirmó que la sociedad colonial estaba marcada por profundas divisiones sociales y económicas, lo cual impedía una posible unión fuerte y duradera de los diferentes grupos sociales a favor de la independencia.
[13] Incluso, recalca que existieron divisiones dentro de cada una de las mismas clases sociales, por lo cual no lograron formar un sector homogéneo y cohesionado.[14]
Esta fuerte diferenciación social explicaría entonces el fracaso de los levantamientos autónomos sucedidos en el virreinato peruano, que no, precisamente, buscaron la emancipación de España.
Sin embargo, la historiografía tradicional ha querido encontrar como sea causas netamente internas en el proceso estudiado. Así, consideran que la rebelión de Túpac Amaru en 1780 marcaría el inicio de la emancipación.
[15] A través de tal afirmación quieren probar que la independencia siempre estuvo inmersa en las conciencias de los peruanos.
En forma contraria a dicho argumento, Bonilla y Spalding afirman que: “Esta rebelión, a pesar de lo que corrientemente se afirma, no tuvo vinculación directa con la independencia [...] se produjo cuatro décadas antes y fracasó.”
[16] Incluso, en opinión de la mayoría de los historiadores de la historia crítica, así como de Charles Walker y Sarah Chambers, la rebelión en vez de causar una propagación del descontento popular y la búsqueda de libertades, ocasionó la consolidación del orden colonial. Debido a que el gobierno virreinal llevó a cabo una represión brutal contra todos aquellos que habían participado en la insurgencia. Los criollos, que en un primer momento apoyaron la lucha del cacique de Tungasuca, pronto le dieron la espalda al ver la peligrosidad que causaba la movilización indígena. Por que pensaban que sí triunfaba podría haberse convertido en una revolución social que alterara las estructuras coloniales y con ello su situación privilegiada, pasando así todo el poder a las clases populares. Aquel sería un antecedente por el cual la elite limeña, posteriormente, luchó contra cualquier intento revolucionario, pues, temían que se volviera a repetir sucesos pasados que hicieran temblar su base de poder y estabilidad.
Asimismo, es evidente que: “Estas diferencias, por otra parte pueden traducir también antagonismos económicos y sociales concretos entre [los] grupos criollos.”
[17] En ese sentido, entendemos el no éxito de las rebeliones de Huanuco (1812) y Cuzco (1814). El temor criollo y la fragmentación interna de los grupos involucrados en la lucha, así como la represión armada enviada desde Lima jugaron en contra.
En los mencionados hechos históricos se demuestra, según la historia crítica, la incesante persistencia de la historiografía tradicional por encontrar causas netamente internas en el proceso independentista. El contexto internacional en que estuvo inmersa la corona española es tomado como simples influencias rechazando “todo nexo orgánico entre el mundo internacional y la situación peruana.”
[18] Sin embargo, los tradicionalistas se olvidan que la independencia del Perú y Sudamérica fue posible gracias a la crisis del Estado metropolitano. La invasión francesa a la península en 1808, motivó que el imperio español estuviera más preocupado en lograr su propia liberación, que en dedicarse a resolver los problemas de sus colonias en América. Así, la mayoría de historiadores - a excepción de la historia tradicional - creen que estos “acontecimientos europeos desencadenaron el comienzo de los movimientos de la independencia en Hispanoamérica.” [19]
Por ejemplo, para Francois Xavier Guerra es a partir de 1808 que se abre en el mundo hispánico una época de profundas transformaciones que llevarán a América al proceso de su independencia. Es decir, “las coyunturas políticas peninsulares son las que marcan entonces los ritmos de la evolución americana.”
[20]
Marie Danielle Demélas comparte aquellos argumentos y agrega que el proceso de la emancipación de los países andinos, dentro del cual el Perú se encuentra, debe ser estudiado conjuntamente con lo que sucedía en la metrópoli española. Para ella, al igual que Xavier Guerra, “las sublevaciones americanas manifestaron, en sus comienzos, las reacciones a la crisis por la que atravesaba el imperio.”
[21] Así, la autora no considera a La Gran Rebelión de 1780 como un movimiento precursor de la independencia.[22]
En el caso de Alberto flores Galindo los planteamientos son distintos. Si bien coincide en la importancia de la crisis española para el desarrollo de las revoluciones americanas, cree, sin embargo, que la revolución de Túpac Amaru II “proponía una alternativa frente al orden colonial. Por eso no se trató sólo de un levantamiento: fue una revolución popular [...] Es así como la independencia comenzó en el Perú antes que en otros territorios del imperio español.”
[23] Su posición en este punto se acerca a los planteamientos de los tradicionalistas.
En cambio, Scarlett O’Phelan Godoy, a través de sus investigaciones sobre los movimientos sociales anticoloniales del siglo XVIII en Perú y Bolivia, inserta a la rebelión de Túpac Amaru en la cima de las olas de protestas sociales de aquel siglo. Para ella, dicha rebelión sacudió los cimientos del edificio colonial peruano y propuso, aunque limitadamente, una alternativa de gobierno entre los habitantes de América.
[24] Pero aquel movimiento “tuvo una naturaleza más reformista que revolucionaria.” [25] En definitiva, O’Phelan concluye que la rebelión no puede ser calificada como una revolución. Aquí contradice la tesis de Flores Galindo.
John Fisher uniéndose al debate afirma que la rebelión de Túpac Amaru e incluso la del Cuzco en 1814: “fueron conservadoras en términos de sus objetivos sociales y económicos fundamentales.”
[26] No se puede negar el descontento local y regional que existía en el virreinato peruano, pero de allí que los rebeldes quisieran romper totalmente con España, no es la tesis más apropiada. El significado de aquellas rebeliones, según Fisher, estaría en una especie de recordatorio de la amenaza potencial de una actividad revolucionaria de esa magnitud, ocasionaría a los intereses y a la posición socio-económica privilegiada de los grupos criollos.[27]
Sería, sin embargo, en palabras de O’Phelan, la crisis de 1808 la que ofrecería las condiciones objetivas para la lucha independentista en el Perú y América.
[28]
Como hemos podido apreciar, las posiciones en torno a este punto tienen sus similitudes como sus marcadas discrepancias.

2. EL PAPEL DE LOS ACTORES HISTÓRICOS EN LA INDEPENDENCIA
Todo lo expresado, anteriormente, conduce a indagar y profundizar el papel de los actores históricos - la clase social dominante y los sectores populares - en el período independentista.
La historia crítica es contundente al afirmar que la clase dominante no deseaba la separación definitiva de España, sólo buscaba reformas dentro del mismo sistema colonial.
En palabras de John Lynch: “La elite prefería la seguridad al cambio y no estaba preparada para poner en peligro su predominio social por amor a la independencia [...] incluso los liberales peruanos buscaban la reforma, no la revolución.”
[29] En ese sentido, para Lynch, la clase dominante peruana no conformó un movimiento propio de independencia. Ellos estuvieron prisioneros en las estructuras sociales de la sociedad colonial.[30]
Asimismo, el impasse político y militar entre 1821 y 1824, que estuvo plagado de una guerra civil, anarquía política, lucha por el poder y el predominio de los realistas en la región del sur andino, constituye - en opinión de Timothy Anna - una de las pruebas de que los peruanos no habían optado todavía por ser independientes.
[31] Al final, en apreciación de Bonilla y Spalding: “la elite peruana no luchó por la independencia. Se conformó y se acomodó” [32] a las circunstancias del tiempo. Aquí apreciamos el carácter dubitativo de aquella clase social. Y el por qué John Lynch denominó a la independencia peruana como una revolución ambigua.
Las causas de esa actitud de la elite son complejas, pero, podemos señalar, siguiendo a Pablo Macera, que los criollos no se decidieron ni por el cambio político debido a que sus intereses económicos estaban en juego y por su temor a una posible transformación radical que atentara contra aquellos intereses.
[33] Era casi imposible pedir a la elite peruana, más aún limeña, que rompiera con el sistema vigente, pues su predominio y poder radicaba en el mantenimiento de dichas estructuras. Además, internamente no existieron ni las bases materiales ni los fundamentos ideológicos que impulsaran a la liberación. La ideología de la elite no estaba estructurada. Dicha clase social no había tomado conciencia de sí misma como grupo diferente y opuesto al de España. Su marco ideológico seguía siendo aún netamente colonial y tradicional. En esencia, los liberales peruanos “eran sobre todo críticos del régimen antes que rebeldes.” [34]
La historia tradicional, en forma contraria, va a entender aquel comportamiento de la elite, en un primer momento, como algo natural debido al ambiente cambiante de la época. Posteriormente, esa incertidumbre, según los tradicionalistas, terminó y se pasó de una fidelidad inicial a la corona al inevitable reconocimiento de separación.
[35]
En ese sentido, la historia tradicional ha puesto especial atención en el análisis de los precursores e ideólogos de la emancipación. Algunos de ellos reformistas en un inicio y luego separatistas. Así, tenemos a Túpac Amaru, Baquíjano y Carrillo, Rodríguez de Mendoza, Viscardo y Guzmán, Hipólito Unanue, Sánchez Carrión y una lista más amplia que no sería este el momento de enumerar.
Afirmando la importancia de estos personajes en la independencia peruana, Raúl Porras Barrenechea consideraba que: “El movimiento de la independencia americana no pudo ser un hecho ni un impulso violento, sin la idea revolucionaria, fruto ésta de una obra civil e intelectual de la cátedra y del periódico.”
[36] Más adelante insistía en que:

“Estallada la revolución el esfuerzo de los caudillos hubiera sido ineficaz sin el concurso de los hombres del pensamiento y de la palabra que agitan y renuevan la conciencia política de los pueblos, transforman la opinión, combaten las viejas instituciones e inauguran sistemas y leyes plenas de utópico optimismo.”
[37]

Nos atrevemos a pensar que es, precisamente, por aquel motivo que estos personajes tomaron la batuta y las negociaciones en los últimos momentos de la lucha. No tenían otra opción. Estaban buscando conseguir el mantenimiento de sus privilegios e intereses. Esas ideas revolucionarias de aquellos peruanos - que menciona Porras Barrenechea - eran en realidad, desde nuestro punto de vista, las ideas y la propaganda conservadora de la elite para lograr el dominio político que se les estaba escapando de las manos. Era asentarse, definitivamente, en la cima de la pirámide social del nuevo Estado republicano, cuidando sus intereses y no exclusivamente de las clases populares. De allí entendemos, la afirmación de Porras, de que el pueblo fue el gran olvidado: “no le tocaron en los repartos del triunfo las ventajas políticas ni las económicas y aun vio oscurecidas las de su gloria.”
[38]
Entonces, en palabras de la historia tradicional, el hombre peruano si vive el proceso de la emancipación. Unos luchan, conspiran, mueren defendiendo el ideal de la separación; en cambio, otros dudan o están en contra de aquel objetivo. Pero, de todas formas, “lo esencial es que existen sectores muy importantes de peruanos, en diversos rumbos de nuestro territorio, que se esfuerzan [...] para hacer triunfar el principio de la independencia.”
[39]
Aquí ya ingresamos al papel de las clases populares en el proceso de la emancipación peruana. Al revisar los textos de los historiadores tradicionales, podemos advertir - como ya lo recordamos hace unos instantes - la mayor importancia que se le da a los próceres, ideólogos y personajes ligados a la vida política. El pueblo es nombrado, pero no con el verdadero valor que merece. Se prefiere hablar del hombre peruano y no de las diferentes clases sociales existentes en aquel período. Es que expresar los intereses disímiles y contradictorios entre dichas clases mancharía al peruano unido y mestizo que logra la emancipación. Aún así, la historia tradicional cree en la decidida participación de los peruanos en la lucha por su liberación.
Una muestra clara y evidente de ello son los trabajos dedicados al papel de las guerrillas y montoneros en la independencia. Por ejemplo, José Agustín de La Puente Candamo nos habla del precursor desconocido, del hombre peruano anónimo y sencillo, de la “constante presencia de las guerrillas [...] luchando, movidas por el descontento social y por el cariño a la propia tierra a favor de la independencia.”
[40]
Por su parte, Raúl Rivera Serna, especialista en estos temas, considera que en las guerrillas - que rigieron sus actividades entre 1822 a 1824 -,

“Destaca su clara y definida conciencia de lucha, reflejada en la comprensión del significado y alcances del término Libertad: en la reiterada manifestación de su orgullo nacional [...] en los atisbos de un sincero sentimiento de confraternidad americana.”
[41]

Lo que habría que preguntarse es por esa supuesta conciencia nacional. Averiguar que entendían las guerrillas y las clases populares por la independencia. Cual era su visión de los acontecimientos, su propia participación y lo que significaría para ellos un Perú libre del dominio externo. Es tentador, plantear como hipótesis, que estos sectores sociales tenían una imagen diferente de la independencia de los que tuvieron la elite de Lima, por ejemplo.
[42]
En forma contraria, a lo que argumenta la historia tradicional, la historia crítica declara que existió una colaboración popular en la emancipación, pero que dicha ayuda estuvo presente en ambos bandos en conflicto. Es así, que se habla de una guerra civil en el Perú durante el período. Aquel punto la historia tradicional si lo reconoce: “puede afirmarse que la guerra fue doméstica, civil. Es el desgarramiento interno de una sociedad.”
[43]
El hecho objetivo, según la historia crítica, es que tanto patriotas como realistas utilizaron diversos mecanismos (por la fuerza o el engaño) para conseguir su adhesión. Aun así, las grandes mayorías no acudieron en forma masiva, pues, no veían que mejoraría sus condiciones de vida. Era una independencia “hecho por - y para - las capas altas de la sociedad colonial.”
[44] Por lo cual era ajena a los intereses y reivindicaciones sociales de las clases populares.
En resumida cuenta, para la historia crítica, en gran medida:

“La independencia no fue sino la inmensa escena de enfrentamiento de los ejércitos patriotas y realistas, donde su elite y sus clases populares no hicieron sino asistir impasibles a la decisión de sus destinos; la primera con miedo, las últimas en silencio.”
[45]

No obstante, en un artículo reciente Heraclio Bonilla ha señalado que el silencio no siempre es el resultado de una ausencia.
[46]
Scarlett O’Phelan Godoy, por su parte, ha cuestionado parcialmente esta interpretación. Para ella, no se puede hablar de un “silencio de las clases populares”, por lo menos en la primera fase de la lucha por la independencia. Expliquemos más detalladamente sus ideas. Si bien O’Phelan considera de gran importancia la diferenciación que hace Bonilla y Spalding entre los intereses económicos y sociales de Lima y de las provincias. No obstante, afirma que dicho argumento es parcial e incompleto, porque deja de lado una unidad existente durante la época colonial: la región del sur andino. Por ello, propone en su investigación: “que sólo analizando el sur andino en su integridad (tomando el Bajo y Alto Perú articulado), es posible llegar a un análisis cabal de la dinámica propia de protesta social que generó internamente esta región, frente al poder colonial.”
[47]
En pocas palabras, el sur andino es estudiado por O’Phelan como una unidad regional y sus programas políticos son analizados conjuntamente para poder entender la verdadera naturaleza del proceso independentista peruano.
Para sustentar mejor esa unidad regional, la autora recurre a Potosí como el eje vertebrador de la economía y el circuito comercial del sur andino. No cabe duda que Potosí influyó decisivamente “en la consolidación económica de esta región y de sus elites dominantes.”
[48] Existiendo así estrechas conexiones y vinculaciones políticas entre el Bajo y el Alto Perú. Para O’Phelan, a aquel poder económico y comercial debía de corresponderle una autonomía política, lo cual determinaba que la elite provinciana quisiese autogobernarse rompiendo con ello el centralismo, la influencia y la dependencia que tenían de Lima.
Asimismo, la autora considera que Lima al contrario de lo que sucedía en el sur andino: “guardó un comportamiento más bien pasivo frente al proceso de la independencia.”
[49] Aquí encuentra O’Phelan un grueso error de la historiografía que, a partir de la inactividad de la capital del virreinato peruano, generalizan esa actitud a todas las regiones que ella comprende. Recordemos, que Lima era el centro de poder en aquellos momentos por lo cual permaneció, en cierta manera, “al margen de las contradicciones coloniales (tributos, repartos, mita minera).” [50] En cambio, en la región del sur andino se aglutinaron dichas contradicciones ocasionando un ambiente propicio para las protestas y los movimientos sociales. Los hechos y acontecimientos lo comprueban innegablemente.
Es así, como O’Phelan Godoy, afirma que los grupos involucrados en los movimientos anticoloniales, si participaron en la primera etapa del proceso de la independencia peruana. Dicho período, que encuentra su momento más álgido entre 1809 y 1814, estuvo marcado por un fuerte componente regionalista. El fracaso de aquellos movimientos se debió - según la autora - al programa reivindicativo demasiado localista que plasmaron los dirigentes, sin visualizar el proceso hispanoamericano en su conjunto; al faccionalismo interno de las alianzas establecidas entre los diversos sectores sociales inmersos en la lucha, así como al fuerte sentimiento regionalista presentes en ellas.
[51]
Aquí podríamos agregar, en nuestra opinión, que los criollos no visualizaron todo el proceso o no quisieron hacerlo, porque eso hubiera significado realizar alianzas con otras regiones que competían con ellos, poniendo así en peligro su poder de mando en las luchas que llevaban acabo. Recordemos, que el Cuzco (al igual que Arequipa) pedía a fines de la época colonial dejar de depender y pertenecer al dominio y jurisdicción de Lima, pedía autonomía con respecto a la capital del virreinato del Perú. De ahí se entendería el comportamiento que tuvo el Cuzco, como centro de resistencia realista y contraria a la independencia, luego que ingresara San Martín en territorio peruano.
En líneas generales, para Scarlett O’Phelan Godoy la elite limeña fue conservadora y fidelista. Por lo cual, no buscó romper con el sistema colonial español. En forma contraria, las elites provincianas, fundamentalmente de la región del sur andino, dieron síntomas evidentes de querer terminar con el poder metropolitano en estos territorios.
John Fisher se acerca también a estos argumentos. Antes de la llegada de San Martín, afirma, los movimientos a favor de la “insurgencia y el protonacionalismo se manifestaron en la sierra india, antes que en la aristocrática Lima.”
[52] Es así, como para Fisher, entre 1809-1815, la participación peruana en las luchas anti-españolas fue regional (Cuzco, Arequipa, Huanuco, etc.). Resultó un fuerte desafío al papel y predominio de Lima: “la posibilidad de un Perú independiente controlado desde el interior indio.” [53]
A este desafío la elite limeña respondería tenazmente. De allí que el autor considere que:

“El factor más efectivo para preservar la autoridad hispana en el Perú era la repugnancia que los criollos de Lima y la costa tenían para todo movimiento separatista que no sólo lograra elevar el status del indio, sino que también desplazara el poder político a la sierra, representando literal y simbólicamente por el Cuzco.”
[54]

Fisher muestra así el por qué del comportamiento de la clase dominante de Lima durante este proceso. La elite distaba de desear la independencia. Solo buscaba conseguir reformas políticas que beneficiaran sus propios intereses económicos y sociales.
[55] Para ello, incluso, estuvieron dispuestos - y así lo hicieron - a utilizar a las clases populares.[56]
En este punto, concuerda con la tesis de Lynch, de que “las masas fueron organizadas, reclutadas, manipuladas, pero [lamentablemente] no fueron politizadas ni incluidas en la nación.”
[57] Las elites americanas y principalmente la de Lima usaron a las fuerzas populares para lograr sus objetivos esenciales. En ningún momento se comprometieron realmente a luchar por los intereses de las grandes mayorías. Y si en el discurso afirmaban que sí, en la praxis cotidiana lo negaban rotundamente.
En torno a las rebeliones indias - especialmente la de 1814 en el Cuzco -, John Lynch plantea que el fracaso de las mismas se debió, principalmente, a la falta del liderazgo criollo, al programa demasiado conservador que solo buscaba alivios inmediatos y no un cambio político permanente. Además, “les faltaba ideas, organización y recursos militares.”
[58]
Brian Hamnett ahonda un poco más y afirma que la rebelión del Cuzco en 1814-1815, tuvo como objetivo principal obtener la independencia de la monarquía española y lograr la colaboración de las fuerzas separatistas de Buenos Aires.
[59] El fracaso respondió a la fragmentación de todos los grupos sociales inmersos en la lucha. No se obtuvo el apoyo de la mayoría de los criollos peruanos, peor aún el gobierno colonial envió desde Lima una fuerte represión armada.[60]
Jorge Basadre, por su parte, califica al movimiento del Cuzco de revolución y en donde actúan juntos indios, criollos y mestizos. El objetivo era evidentemente separatista, la formación de un nuevo Estado: “era una revolución hacia Lima, no contra ella.”
[61] Aquí contradice y crítica la posición de Bonilla y Spalding que afirmaban que dicha revolución buscaba la independencia de Lima y no de Madrid.
Para Basadre se perdió la revolución por las deficiencias técnicas en el armamento bélico, en las tácticas militares. Porque las fuerzas realistas estaban mejor preparadas y capacitadas para el oficio de la guerra.
[62] Asimismo, el historiador de la república, se atreve a señalar que de haber triunfado dicho movimiento “habría surgido un Perú nacional, sin interferencia desde afuera y con una base mestiza, indígena, criolla y provinciana.” [63]
Es así, que él piensa que no es posible sostener, con criterio objetivo, que hubo un gran silencio popular durante la guerra de la independencia. Las clases populares sí participaron en aquel proceso.
[64]
Gustavo Montoya sostiene las mismas tesis de Basadre en torno al papel activo de las clases populares en la independencia. No obstante, un punto esencial y novedoso en el análisis de Montoya se refiere al hecho “de que el sector indígena se encontró con el conflicto.”
[65] Es importante, en ese sentido, el estudio que hace referente a la participación activa que tuvieron los cuerpos cívicos - integrados por pequeños propietarios y comerciantes, artesanos, menestrales, castas y esclavos -, en los acontecimientos sucedidos durante el gobierno protectoral. Velar por el orden público y ser una fuerza de choque contra la crecida oposición civil realista, que buscaba derrocar al régimen, resultaron sus objetivos primordiales. Fueron creados por el ministro de Estado Bernardo Monteagudo. Su accionar en la guerra estaba supeditado al ejército libertador, lo cual permitió controlar cualquier intento de revolución social. Al retirarse San Martín se produjo la fragmentación y redistribución de los cívicos entre las fuerzas patriotas. En conclusión, en palabras de Montoya, es insostenible hablar de un gran silencio de las masas populares en el Perú.[66]
Por otro lado, referente al papel de la elite en la independencia el autor en un capítulo de su libro desarrolla la actuación política y las oposiciones que se generaron entre las diversas facciones sociales de la clase dominante colonial ante la llegada de la expedición libertadora. Lima, en esos instantes, era el núcleo centralizador de los planes y estrategias para la protección del Estado Virreinal. La mayoría de sus habitantes se mantuvieron fieles a la causa realista.
[67] Sin embargo, ante el arribo de San Martín al Perú, empezaron a aparecer entre la elite, antagonismos mutuos que expresaban sus propios intereses.
Por lo tanto, en apreciación de Gustavo Montoya:

“En la defensa de Lima concurren efectivamente todos los miembros de la clase dominante. Pero su participación estuvo mediatizada por cálculos muy particulares que cuidaban resguardar sus intereses de grupo; cada uno de ellos sabía que su destino dependía de lo que entonces hicieran o dejasen de hacer. O en otros términos, ante la real posibilidad de ser liquidados, pusieron en juego todos sus recursos e influencias políticas para maniobrar ya no en forma cohesionada, sino apelando al doble juego, la incertidumbre, la contramarcha en sus acuerdos y la alternancia de proposiciones, la mayoría de las cuales no llegaron a cumplirse. Aquí también radica la dificultad para entender su conducta política frente a la independencia. Dificultad que consiste en pretender uniformizar puntos de vista enfrentados, en abierta oposición, pues dicha coyuntura terminó por desenmascararlos del ropaje ideológico del que se sirvieron para imponer su dominio de clase sobre los dominados: la plebe urbana, los siervos indígenas y los esclavos.”
[68]

Es así como, para el autor, se produce la ruptura y desintegración de la clase dominante peruana. Por un lado, estaban los intereses de los comerciantes asentados en el Tribunal del Consulado de Lima, por otro, de un sector de la aristocracia terrateniente; y también un grupo intermedio que defendía los intereses del Estado colonial español y sus beneficiarios de América.
[69]
Entonces, para Montoya: “no es exacto seguir afirmando que frente a la independencia, los grupos sociales dominantes cerraron filas para asumir la defensa del virreinato.”
[70] Incluso, el autor se atreve a señalar, que sí existió una real voluntad política de un sector significativo de la aristocracia terrateniente a favor de la independencia y del proyecto constitucional propuesto por San Martín, pero que nunca logró prosperar.[71] En síntesis, para Gustavo Montoya y también para Alberto Flores Galindo, las elites coloniales fueron las grandes derrotadas con la emancipación.[72]
En torno al tema, Jorge Bracamonte, también a insistido en la existencia de un proyecto aristocrático de la elite peruana. Dicho autor a través del estudio de los trabajos de Hipólito Unánue sostiene que: “es posible descubrir en el discurso científico, histórico y político de los hombres ilustrados, los elementos parciales de un original proyecto político que es posible de ser caracterizado como aristocrático.”
[73] Por lo tanto, para Bracamonte, es una apreciación injusta y limitada sostener que “la elite criolla fue incapaz de formular propuestas de carácter político.” [74] El autor insiste en realizar investigaciones de este tipo para conocer mejor la realidad de la independencia peruana y el papel de los actores históricos inmersos en dicho proceso nacional.
Un nuevo enfoque en el análisis de las clases populares y a partir de las regiones, lo tenemos en los trabajos que han realizado últimamente, Charles Walker y Sarah Chambers. Ambos ponen su atención en Cuzco y Arequipa, respectivamente.
Walker va a demostrar que:

“La vasta población indígena del Ande, que a menudo se cree son pasivos, y quienes por lo general son representados como un masa anónima y no como individuos, es la clave para entender la turbulenta transición de la Colonia a la República.”
[75]

Más adelante señala, que los indios jugaron un papel esencial “en los movimientos de masas que combatieron – y defendieron – el dominio español [...].”
[76]
Para el autor los indios si tuvieron una conciencia política, influyeron en los movimientos en los que formaron parte; negociaron las condiciones de su participación. En pocas palabras, no hubo un silencio popular en la independencia peruana.
[77] Incluso, el autor contradice las posturas que afirman que en las décadas posteriores a la rebelión de Túpac Amaru hubo en el sur andino una tranquilidad social y política. Las constantes rebeliones, conspiraciones y propaganda anti-española sustentan la tesis de Walker.[78] Además, el autor señala que debe tenerse en cuenta que:

“En el Perú los disidentes contemplaban diversas formas de gobierno alternativo, tales como la monarquía constitucional o la autonomía sin una independencia total. Otros mantenían sus esperanzas en Fernando VII. En la región del Cuzco la gente reflexionaba, cambiaba de parecer y luchaba en torno a esas posibilidades.”
[79]

Así, sobre el papel de la elite de Lima Walker comparte los planteamientos de la historia crítica. Denomina a esa clase social de patriotas tibios. Pues estaban a favor del mantenimiento del sistema colonial. No pensaban en un cambio radical de las estructuras económicas ni sociales, porque temían una revolución social en donde las clases bajas tuvieran participación plena.
[80]
Sarah Chambers, por su parte, sostiene que tanto la elite como las clases populares jugaron un papel crucial en la conformación de la cultura política de la naciente república. Específicamente en la región de Arequipa. Además, contra lo que corrientemente se creía, Chambers muestra como las clases populares no fueron actores pasivos sino protagonistas de los acontecimientos en los cuales se encontraron inmersos.
[81]
Este sector social representó una fuerza considerable y decisiva en los eventos ocurridos en el período. Así, debemos entender - como lo señala la autora y también Charles Walker -, que una explicación más exacta y coherente y que refleje mejor la realidad que se analiza, es posible si comenzamos a indagar la cultura popular; el espacio público y privado "más allá de la angosta esfera de la política formal." Es decir, en casas, tabernas y calles, en los tribunales en donde se desarrolló la historia de la independencia y del temprano Perú republicano.
Asimismo, Chambers considera que es metodológicamente útil el análisis de la época en larga duración, en períodos de transiciones políticas. En este caso, de la colonia a la república. Pues es allí en donde podemos observar las modificaciones existentes en una sociedad determinada. Porque, en su opinión: “aunque la independencia fue desgarradora, ella no transformó la cultura política en el Perú de la noche a la mañana.”
[82] Entonces, es solo el estudio de períodos largos lo que nos permitirá comprender las variaciones estructurales de la sociedad peruana en aquel tiempo.
En ese sentido, terminamos este acápite señalando que es indispensable y necesario recuperar nuevas fuentes y realizar un examen exhaustivo de la documentación existente. Con el objetivo de reconstruir nuestra historia, y ceder la palabra, por así decirlo, a los protagonistas muchas veces excluidos y silenciados, pero que representan el corazón mismo del devenir histórico de la sociedad peruana.

3. EL SIGNIFICADO HISTÓRICO DE LA INDEPENDENCIA PERUANA
La interrogante fundamental que debemos hacernos, en esta parte del balance historiográfico, es sobre el significado histórico de la independencia peruana.
El 28 de julio de 1821 y los hechos que suceden hasta la capitulación de Ayacucho, en apreciación de la historia tradicional, marcan el nacimiento del Estado Peruano independiente, la separación definitiva de España.
Es, también, en apreciación de José A. de la Puente Candamo:

“La esperanza en una vida más justa y mejor, en la afirmación de la libertad del hombre [...] es el principio de la conducción del Perú por cabezas y manos nacidas en esta tierra [...] y es igualmente el principio de una promesa.”
[83]

Pero, en palabras de Jorge Basadre: “lo tremendo es que aquí esa promesa no ha sido cumplida del todo”
[84] De ahí, que el historiador de la república del Perú, considere que “la independencia terminó siendo una revolución no cumplida.” [85]
Pablo Macera, igualmente, la denominó como una revolución secuestrada. Y ¿por quienes? Por los enemigos de la revolución.
[86] En consecuencia, de qué clase de independencia estamos hablando.
Para la historiografía tradicional la emancipación no es solamente una independencia política, es algo más que cambiar de hombres o grupos en el poder, pasar simplemente de un dominio a otro. Por el contrario, “es el paso de una era que concluye a un mundo que se contempla y se espera mejor.”
[87] Es un nuevo estilo, es la afirmación de lo peruano, una forma de continuidad y de cambio.
Entonces, “es un tránsito, un cambio, una transformación” en todo ámbito, pero “dentro de una continuidad de la vida peruana.”
[88] Por eso afirman que: “la independencia asume, incorpora a sus nuevos ideales e ilusiones al hombre virreinal y a la sociedad creada en ese tiempo.” [89]
Lo que queda claro para los tradicionalistas es que con la emancipación no se rechaza a la cultura que nos ha legado España. Pues la sociedad que consigue la liberación fue creada en aquel tiempo anterior. Se construye así un puente entre la colonia y la república. Se intenta dotar de sentido, significación e identidad a la sociedad peruana. En opinión de Gonzalo Portocarrero y Patricia Oliart, este tipo de historia: “pretende ser una visión de consenso aceptada por todos, pese a las diferencias de clase y de filiación regional.”
[90]
Desde una perspectiva distinta, la historia crítica sustenta la tesis de una ruptura política mas no económica ni social. En lo político, la metrópoli española dejó de tener ingerencia en el Perú, los virreyes desaparecieron. El mando del Estado quedó a cargo de los ciudadanos peruanos. No obstante, aclaremos, que fue un grupo reducido quienes se convirtieron en la clase social dominante. De ahí que la independencia se considere eminentemente criolla.
En el aspecto económico, pasamos del dominio colonial español a la supremacía comercial inglesa; subordinados exclusivamente a la nueva potencia del mundo. Socialmente siguió existiendo una sociedad heterogénea con un gran abismo social. Aquello se demostró con la exclusión de los indígenas - como seres inútiles e incapaces que no podían manejar los destinos del país - y el predominio de los criollos. Realidad que pone en evidencia las grandes desigualdades sociales presentes en la época.
“La estructura social queda efectivamente intacta”
[91], más aún, nos dice Basadre, la condición de las masas populares “empeoró durante la república.” [92] Recordemos, por ejemplo, el mantenimiento de la esclavitud y el tributo indígena hasta 1854 (año de su abolición), el tardío reconocimiento de la existencia legal de las comunidades indígenas en 1920; y la presencia popular en el sistema electoral en 1980, después de 159 años de lograda nuestra liberación.
En suma, para la historia crítica la independencia no va ha significar de ninguna manera la ruptura del ordenamiento económico y social de carácter colonial que continuó vigente hasta mediados del siglo XIX.
[93]
Si profundizamos un poco más, tendríamos que preguntarnos ¿Quiénes consiguen la ruptura política con España? Para la historia crítica, fue lograda “por la decidida y eficaz intervención de los ejércitos del sur (San Martín) y del norte (Bolívar).”
[94] Se trataría de una independencia traída de fuera y no conseguida por los peruanos. Es decir, “una independencia concedida más que obtenida.” [95] En apreciación de otros autores sería una independencia a regañadientes.[96] Pues era claro que la elite peruana no quería la revolución. Éramos impulsados a ser libres por imposición. Y aquella actitud de la elite, como lo hemos señalado continuamente, obedecía a razones económicas e intereses políticos y sociales.[97] Era el grupo dominante de Lima quienes tenían mucho que perder con un posible cambio de gobierno que no se inclinara al beneficio de sus propios intereses.[98]
Es así como, en apreciación de Timothy Anna, el dilema peruano a través de todo el proceso independentista, fue renunciar al viejo imperio y lanzarse a ciegas a un futuro que amenazaba con muchos males; o seguir en el mismo sistema, en donde llevar acabo solo algunas reformas era suficiente.
[99] Esto último se entiende si se considera los argumentos de Cristina Ana Mazzeo quien sostiene que:

“Desde el punto de vista de las mentalidades esos hombres no estaban preparados para cambios radicales, porque hay un temor a lo desconocido que hace que se vuelquen hacia el orden establecido, ya que el orden da seguridad, da respaldo emocional.”
[100]

Entonces, aquella incapacidad y vacilación de la elite para tomar decisiones en momentos oportunos ocasionó que fuerzas externas y periféricas confluyeran en el Perú y consiguieran su independencia.
En cambio, la historiografía tradicional está convencida que la emancipación “es un proceso que se manifiesta y madura lentamente”
[101], resultado de una serie de conspiraciones y rebeliones nacidas en nuestro territorio que sólo para la victoria final necesitó el apoyo de regiones vecinas. Aquel esfuerzo demostraría “la unidad de la emancipación de nuestro mundo hispanoamericano.” [102] Finalmente, Ayacucho sería así “la gran batalla americana.” [103]
Sin embargo, los hechos mencionados ponen en debate dos temas centrales que suscitaron grandes controversias en aquellos momentos: cómo ganar y proclamar la independencia y luego cómo organizar el nuevo Estado.
Así, el gran problema para el Perú durante dicho período fue la ausencia de un conductor peruano capaz de manejar la empresa emancipadora. El hecho es que se llega a la independencia sin un personaje “con autoridad general sobre todos los nuestros.”
[104] Peor aún, “no se aglutina ni se forma una verdadera clase dirigente” [105], con una base material económico e ideológico lo suficientemente fuerte y cohesionado como para producir un movimiento social de tipo revolucionario y en beneficio de todos.[106]
Por el contrario, en nuestra opinión, al final del proceso la elite peruana se acomodará y realizará las diversas transacciones políticas necesarias para seguir manteniendo sus prerrogativas y privilegios. Así, en palabras de Macera, a esta clase social no les interesaba “destruir las diferencias internas que los beneficiaban con respecto a las masas populares.”
[107]
Finalmente, es útil recalcar lo que expresara en varias ocasiones Jorge Basadre. La enorme problemática del Perú a lo largo del siglo XIX - y que aún ahora parece serlo también - es la existencia de un Estado empírico y la permanencia de un gran abismo social entre los peruanos.
[108] Igualmente, no hemos aprendido a crear nuestras propias posibilidades de desarrollo, porque muchas veces adoptamos a manera de imitación: “ideas y puntos de vista leídos en los libros y no vistos en la realidad.” [109]
En líneas sencillas, la promesa de la vida peruana no ha sido cumplida. Nuestra independencia en vez de unir y cohesionar a los habitantes de este territorio, terminó ahondando los grandes desequilibrios ya existentes en la época colonial.
Parecería que la República que comenzó como una promesa y esperanza, tal vez como una utopía, ha terminado siendo un fracaso amargamente aterrador. No obstante, todavía considero y creo en las posibilidades que tenemos todos los peruanos de aclarar y conducir el camino de nuestro país. Es una tarea realmente difícil y a la vez un reto por cumplir.

REFLEXIONES FINALES
Los historiadores y otros especialistas que se han ocupado de la emancipación, lo han hecho a partir de los acontecimientos sucedidos en la ciudad de Lima. La base de aquellos estudios ha servido para crear una visión general de la independencia del Perú. Aquí encontramos una primera dificultad. Si bien es cierto que la “Ciudad de los Reyes” fue la capital más importante de donde se controlaba todo con una burocracia colonial extensa. Es también significativo que la elite y las clases populares provincianas discrepaban y tenían intereses contrapuestos a las de Lima. Entonces, hacer una generalización sin tomar en cuenta estas peculiaridades y diferencias, sin estudiar a cabalidad cada espacio regional, no es nada recomendable.
En aquel sentido, son rescatables e importantes, las investigaciones realizadas por Scarlett O’Phelan, John Fisher, Charles Walker, Sarah Chambers y algunos historiadores de la historiografía tradicional, en torno al papel de las regiones y de sus clases sociales. Sin embargo, aún falta mucho por averiguar y comprender mejor esas complejas relaciones sociales establecidas entre todos los actores históricos de la emancipación. Pero aún así, en este parte final, debemos subrayar algunas ideas que han quedado claras a través del balance historiográfico y que nos permitirán en adelante ponderar más objetivamente nuestra propia investigación.
Ahora se tiene conocimiento de que las clases populares no permanecieron al margen del proceso de la independencia. Su participación es evidente tanto en las filas patriotas como realistas. De ahí que se considere a esas luchas como el desgarramiento interno de la sociedad peruana, como una guerra civil entre los habitantes de estos territorios.
Por su parte, la clase dominante del virreinato del Perú tuvo un comportamiento más bien conservador y fidelista, a lo mucho reformista. Es que sus intereses y su posición social de dominio y poder estaban en juego en aquellos momentos. En palabras de Timothy Anna: “El problema radicaba en que no era claro si la independencia sería lo mejor para sus intereses.”
[110] Al final la lucha llegó y los peruanos “todavía no habían decidido.” [111] Aquel fue el gran dilema que tuvieron los de la clase dominante en el Perú.
Es oportuno matizar lo antes mencionado. Se puede afirmar que en una primera etapa la lucha separatista en el país provino de las regiones, por ejemplo entre 1809-1815. En esos años Lima guardó, por el contrario, un comportamiento reacio a la revolución. Dichos contradicciones tenían su sustento en los intereses económicos y sociales que propugnaban las elites criollas de todo el virreinato. Así, en Sudamérica las colonias españolas periféricas buscaron cambios radicales, mientras que la elite limeña no lo hizo. Más aún esta última fue contrarrevolucionaria con dichas revoluciones, y con las mismas que se generaron al interior del Perú, pues ponían en peligro su privilegiada posición socio-económica. Además, el marco ideológico liberal era incipiente en Lima por aquellos años, su difusión y asimilación era mínima. Se mostraría así la supervivencia de la ideología tradicional en el pensamiento de los supuestos liberales peruanos. En mi opinión, el carácter de esa ideología era fuertemente providencialista. La religión y sus reglas de control social y espiritual, se encontraban aún impregnadas en la sociedad colonial.
Un segundo momento del proceso vendría luego de 1814, ante el retorno del absolutismo de Fernando VII. Hubo una cierta “tranquilidad política y social” en Lima hasta 1819. Será con la llegada de las fuerzas libertadoras al Perú en 1820, que comenzará otra vez “el fantasma de la revolución.” La lucha se trasladará a la costa y esencialmente a Lima. Era la elite de la capital que tenía que decidir ahora el desenlace de los acontecimientos. Pero, como vemos, las dudas y los miedos, la ambigüedad de sus pensamientos, terminaría por ocasionar, que fuerzas externas confluyeran aquí para imponernos la liberación. Aquel carácter dubitativo, lo podemos comprobar, por el impasse político y militar que vivió el Perú entre 1821-1824. En palabras de Brian Hamnett: “En realidad, este proceso [el de la independencia] no era de ninguna manera claro, y la gente que vivía en esa época estaba llena de dudas y temores, tenía perspectivas e intereses particulares, y cambiaba de mente y de bando.”
[112] En consecuencia, la última batalla se libraría en la región del sur andino. En la cual, otra vez, estuvieron presentes las clases populares en ambos bandos en conflicto, claro está, apoyados por fuerzas foráneas y extranjeras.
Lo interesante y necesario, en nuestro análisis, estaría en profundizar y averiguar el porqué del comportamiento ambivalente de la elite y las clases populares durante el proceso de la emancipación peruana. Es así, que estamos convencidos y encaminados, que la verdadera naturaleza de dicho proceso podrá ser esclarecido, cuando nosotros - los científicos sociales - propongamos nuevas alternativas de comprender e interpretar los hechos históricos. Alternativas que nos lleve a una mayor profundización en las investigaciones y, por lo tanto, a un conocimiento más coherente de nuestra realidad.
Así, pensamos que es imprescindible para lograr aquel propósito, la propuesta de seguir dedicándonos a la investigación de historias regionales para luego relacionarlas a la totalidad. En otras palabras, entender la singularidad de los aportes regionales, las repercusiones que causaron en la capital y conectarlo en un todo inteligible que es Hispanoamérica.
Igualmente, quiero evocar una idea que subyace en la propuesta. Se trata del acceso, manejo y conocimiento de una documentación más amplia. Los archivos regionales guardan fuentes manuscritas de gran valor histórico. Su utilización, conservación, análisis e interpretación queda en manos de nosotros que estudiamos las ciencias sociales en el Perú. Realmente el panorama de la historia peruana se vería enriquecida por esas contribuciones. En suma, empecemos a trabajar con ese fin, hagamos realidad la alternativa.

[1] Para el historiador Waldemar Espinoza Soriano se pueden agregar dos más: La destrucción del imperio Wari y las dos últimas décadas de violencia política que hemos vivido [conversación personal].
[2] Gustavo Montoya. La independencia del Perú y el fantasma de la revolución. Lima: IEP – IFEA. 2002. Pág. 21. En los textos de Macera, Flores Galindo y Basadre encontramos ideas semejantes.
[3] Para profundizar sobre la historia de la polémica que desató el texto de Bonilla y Spalding en 1972, consúltese nuestro artículo: “Borrachera nacionalista y diálogo de sordos. Heraclio Bonilla y la historia de la polémica sobre la independencia peruana.” En Praxis en la Historia. Revista del Taller de Estudios histórico – Filosóficos. Año V. Número 6. Diciembre del 2007.
[4] Al respecto véase: El Comercio del 3 y 5 de mayo de 1972; y La Prensa en su Suplemento Dominical del 7 de mayo de 1972.
[5] Textual. Revista de Artes y Letras. Número 4. Junio de 1972. Lima.
[6] José A. de la Puente Candamo. La independencia del Perú. Madrid: MAPFRE. 1992. Págs. 31-32.
[7] Ibid. Pág. 13-14.
[8] José A. de la Puente Candamo. La independencia del Perú. Madrid: MAPFRE. 1992. Pág. 149.
[9] José A. de la Puente Candamo. La independencia del Perú. Madrid: MAPFRE. 1992. Pág. 16.
[10] Raúl Porras Barrenechea. Los Ideólogos de la emancipación. Lima: Editorial Milla Batres. 1974. Pág. 41.
[11] Ibid. Pág. 51.
[12] Heraclio Bonilla. Metáfora y realidad de la independencia en el Perú. Lima: IEP. 2001. Pág. 44.
[13] John Lynch. Las revoluciones hispanoamericanas, 1808 -1826. Barcelona: Ariel. 1980. Págs. 29-30.
[14] Ibid. Pág. 179.
[15] Raúl Porras Barrenechea. Los ideólogos de la emancipación. Lima: Editorial Milla Batres. 1974. Págs. 41-49.
[16] Heraclio Bonilla. Metáfora y realidad de la independencia en el Perú. Lima: IEP. 2001. Pág. 65.
[17] Heraclio Bonilla. Metáfora y realidad de la independencia en el Perú. Lima: IEP. 2001. Pág. 58.
[18] Ibid. Pág. 45.
[19] Ibid. Pág. 65.
[20] Francois - Xavier Guerra. Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas. México: Editorial Mapfre – FCE. 2001. Pág. 116.
[21] Marie Danielle Démelas. La invención política. Bolivia, Ecuador, Perú en el siglo XIX. Lima: IFEA – IEP. 2003. Pág. 129.
[22] Ibid. Págs. 83-84.
[23] Alberto Flores Galindo. “Independencia y clases sociales.” En Alberto Flores Galindo (Compilador): Independencia y revolución. Lima: Instituto Nacional de Cultura.1987. Tomo I. Págs. 134-135.
[24] Scarlett O’Phelan Godoy. “El mito de la independencia concedida: los programas políticos del siglo XVIII y del temprano XIX en el Perú y el Alto Perú (1730-1814).” En Alberto Flores Galindo (Compilador): Independencia y revolución. Lima: Instituto Nacional de Cultura. 1987. Tomo II. Págs. 145-199.
[25] Scarlett O’Phelan Godoy. La Gran Rebelión en los Andes: De Túpac Amaru a Túpac Catari. Cuzco: Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de Las Casas – Petróleos del Perú. 1995. Pág. 210.
[26] John Fisher. El Perú borbónico, 1750 – 1824. Lima: IEP. 2000. Pág. 183.
[27] Ibid. Págs. 195-196.
[28] Scarlett O’Phelan Godoy. “El mito de la independencia concedida: los programas políticos del siglo XVIII y del temprano XIX en el Perú y el Alto Perú (1730-1814).” En Alberto Flores Galindo (Compilador): Independencia y revolución. Lima: Instituto Nacional de Cultura. 1987. Tomo II. Pág. 176.
[29] John Lynch. Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826. Barcelona: Ariel. 1980. Pág. 179. Además, se pueden consultar los libros de Brian Hamnett, John Fisher, Timothy Anna y Alberto Flores Galindo.
[30] John Lynch. Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826. Barcelona: Ariel. 1980. Págs. 179-180.
[31] Timothy Anna. La caída del gobierno español en el Perú. El dilema de la independencia. Lima: IEP. 2003. Pág. 282.
[32] Heraclio Bonilla. Metáfora y realidad de la independencia en el Perú. Lima: IEP. 2001. Pág. 73.
[33] Pablo Macera. Tres etapas en el desarrollo de la conciencia nacional. Lima: Ediciones Fanal. 1956. Págs. 87-89.
[34] Timothy Anna. La caída del gobierno español en el Perú. El dilema de la independencia. Lima. IEP. 2003. Pág. 60.
[35] José A. de la Puente Candamo. La independencia del Perú. Madrid: MAPFRE. 1992. Pág. 21.
[36] Raúl Porras Barrenechea. Los ideólogos de la emancipación. Lima: Editorial Milla Batres. 1974. Pág. 53.
[37] Loc. Cit.
[38] Raúl Porras Barrenechea. Los ideólogos de la emancipación. Lima: Editorial Milla Batres. 1974. Págs. 39-40.
[39] José A. de la Puente Candamo. La independencia del Perú. Madrid: MAPFRE. 1992. Pág. 125.
[40] Ibid. Págs. 148-149.
[41] Raúl Rivera Serna. Los guerrilleros del centro en la emancipación peruana. Lima. 1958. Págs. 131-132.
[42] Peter Guardino. “Las guerrillas y la independencia peruana: un ensayo de interpretación.” En Pasado y Presente. Revista para una historia alternativa. Lima. Año II. Número 2-3. Julio de 1989. Págs. 101-117.
[43] José A. de la Puente Candamo. La independencia del Perú. Madrid: MAPFRE. 1992. Pág. 12.
[44] Heraclio Bonilla. Metáfora y realidad de la independencia en el Perú. Lima: IEP. 2001. Pág. 63.
[45] Heraclio Bonilla. Metáfora y realidad de la independencia en el Perú. Lima: IEP. 2001. Pág. 75.
[46] Heraclio Bonilla. “Rey o república: el dilema de los indios frente a la independencia.” En El futuro del pasado. Las coordenadas de la configuración de los Andes. Lima: Fondo Editorial del Pedagógico San Marcos – Instituto de Ciencias y Humanidades. 2005. Tomo I. Págs. 483-492.
[47] Scarlett O’Phelan Godoy. “El mito de la independencia concedida: los programas políticos del siglo XVIII y del temprano XIX en el Perú y el Alto Perú (1730-1814).” En Alberto Flores Galindo (Compilador): Independencia y revolución. Lima: Instituto Nacional de Cultura. 1987. Tomo II. Págs. 149-150.
[48] Scarlett O’Phelan Godoy. “El mito de la independencia concedida: los programas políticos del siglo XVIII y del temprano XIX en el Perú y el Alto Perú (1730-1814).” En Alberto Flores Galindo (Compilador): Independencia y revolución. Lima: Instituto Nacional de Cultura. 1987. Tomo II. Pág. 152.
[49] Ibid. Pág. 151.
[50] Loc. Cit.
[51] Scarlett O’Phelan Godoy. “El mito de la independencia concedida: los programas políticos del siglo XVIII y del temprano XIX en el Perú y el Alto Perú (1730-1814).” En Alberto Flores Galindo (Compilador): Independencia y revolución. Lima: Instituto Nacional de Cultura. 1987. Tomo II. Pág. 199.
[52] John Fisher. El Perú borbónico, 1750 –1824. Lima: IEP. 2000. Pág. 182.
[53] Loc. Cit.
[54] John Fisher. El Perú borbónico, 1750 –1824. Lima: IEP. 2000. Pág. 179.
[55] Ibid. Pág. 187.
[56] Ibid. Pág. 153.
[57] John Lynch. ““Los caudillos de la independencia: enemigos y agentes del Estado - Nación-” En Problemas de la Formación del Estado y de la Nación en Hispanoamérica. Intenationes. Bonn. 1984. Pág. 202.
[58] John Lynch. Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826. Barcelona: Ariel. 1980. Pág. 187.
[59] Brian Hamnett La política contrarrevolucionaria del virrey Abascal: 1806-1816. Lima: IEP. 2000. Pág. 12.
[60] Loc. Cit., y Brian Hamnett. Revolución y contrarrevolución en México y el Perú. Liberalismo, realeza y separatismo. México: FCE. 1978. Pág. 197.
[61] Jorge Basadre y Pablo Macera. Conversaciones. Lima: Mosca Azul Editores. 1974. Págs. 150-153. Véase también Jorge Basadre. El azar en la historia y sus límites. Lima: P.L. Villanueva. 1973. Pág. 132.
[62] Jorge Basadre. El azar en la historia y sus límites. Lima: P.L. Villanueva. 1973. Págs. 141-143.
[63] Ibid. Pág. 146.
[64] Jorge Basadre. El azar en la historia y sus límites. Lima: P.L. Villanueva. 1973. Pág. 228.
[65] Gustavo Montoya. La independencia del Perú y el fantasma de la revolución. Lima: IEP – IFEA. 2002. Págs. 32-33.
[66] Ibid. Págs. 118-137.
[67] Ibid. Pág. 62.
[68] Gustavo Montoya. La independencia del Perú y el fantasma de la revolución. Lima: IEP – IFEA. 2002. Págs. 73-74.
[69] Ibid. Pág. 82.
[70] Ibid. Págs. 82-83.
[71] Ibid. Págs. 81-82.
[72] Ibid. Págs. 58-59; y Alberto Flores Galindo. La tradición autoritaria. Violencia y democracia en el Perú. Lima: APRODEH – Sur Casa de Estudios del Socialismo. 1999. Pág. 26.
[73] Jorge Bracamonte. “La Formación del proyecto aristocrático: Hipólito Unanue y el Perú en el ocaso colonial.” En Crisis colonial: revoluciones indígenas e independencia. Lima: Derrama Magisterial – Sur Casa de Estudios del Socialismo. 1996. Págs. 29-30.
[74] Ibid. Pág. 46.
[75] Charles Walker. De Túpac Amaru a Gamarra. Cuzco y la formación del Perú republicano, 1780-1840. Cuzco: Centro Bartolomé de Las Casas. 1999. Pág. 16.
[76] Loc. Cit.
[77] Ibid. Págs. 113-155.
[78] Charles Walker. De Túpac Amaru a Gamarra. Cuzco y la formación del Perú republicano, 1780-1840. Cuzco: Centro Bartolomé de Las Casas. 1999. Pág. 150.
[79] Ibid. Pág. 151.
[80] Ibid. Pág. 139.
[81] Sarah Chambers. De súbditos a ciudadanos: honor, género y política en Arequipa (1780-1854). Lima: Red para el desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú. 2003. Págs. 10-11.
[82] Sarah Chambers. De súbditos a ciudadanos: honor, género y política en Arequipa (1780-1854). Lima: Red para el desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú. 2003. Pág. 13.
[83] José A. de la Puente Candamo. La independencia del Perú. Madrid: MAPFRE. 1992. Pág. 23.
[84] Jorge Basadre. La promesa de la vida peruana. Lima: Augusto Elmore Editor. 1990. Pág. 14.
[85] Jorge Basadre y Pablo Macera. Conversaciones. Lima: Mosca Azul Editores. 1974. Pág. 154.
[86] Loc. Cit.
[87] José A. de la Puente Candamo. La independencia del Perú. Madrid: MAPFRE. 1992. Pág. 14.
[88] Ibid. Pág. 17.
[89] Ibid. Pág. 18.
[90] Gonzalo Portocarrero y Patricia Oliart. El Perú desde la escuela. Lima: Instituto de Apoyo Agrario. 1989. Pág. 13.
[91] Jorge Basadre y Pablo Macera. Conversaciones. Lima: Mosca Azul Editores. 1974. Pág. 154.
[92] Ibid. Pág. 155.
[93] Heraclio Bonilla. Metáfora y realidad de la independencia en el Perú. Lima: IEP. 2001. Pág. 41; y Brian Hamnett. Revolución y contrarrevolución en México y el Perú. Liberalismo, realeza y separatismo. México: FCE. 1978. Pág. 17.
[94] Heraclio Bonilla. Metáfora y realidad de la independencia en el Perú. Lima: IEP. 2001. Pág. 41.
[95] Ibid. Pág. 42.
[96] Peter Klaren. Nación y sociedad en la historia del Perú. Lima: IEP. 2004. Págs. 173.
[97] Timothy Anna. La caída del gobierno español en el Perú. El dilema de la independencia. Lima: IEP. 2003. Pág. 200.
[98] Ibid. Pág. 51; y José de la Riva Agüero. “Don José Baquijano y Carrillo.” En Estudios de historia peruana. La emancipación y la república. Obras Completas. Lima: PUCP. 1971. Tomo VII. Págs. 77-78.
[99] Timothy Anna. La caída del gobierno español en el Perú. El dilema de la independencia. Lima: IEP. 2003. Págs. 309-311.
[100] Cristina Ana Mazzeo. “Algunos aspectos de la guerra de la independencia vistos a través de un nuevo enfoque: desde la perspectiva de la psicología social.” En Diálogos en Historia. Revista del Grupo de Estudios e Investigaciones Clío. Número 3. UNMSM. 2002. Págs. 63-80.
[101] José A. de la Puente Candamo. La independencia del Perú. Madrid: MAPFRE. 1992. Pág. 13.
[102] Ibid. Pág. 139.
[103] Raúl Porras Barrenechea. Los ideólogos de la emancipación. Lima: Editorial Milla Batres. 1974. Págs. 50-51.
[104] José A. de la Puente Candamo. La independencia del Perú. Madrid: MAPFRE. 1992. Págs. 134-135.
[105] Ibid. Pág. 140.
[106] Gustavo Montoya. La independencia del Perú y el fantasma de la revolución. Lima: IEP – IFEA. 2002. Págs. 60-62.
[107] Jorge Basadre y Pablo Macera. Conversaciones. Lima: Mosca Azul Editores. 1974. Pág. 152.
[108] Jorge Basadre. El azar en la historia y sus límites. Lima: P.L. Villanueva. 1973. Pág. 251.
[109] Jorge Basadre y Pablo Macera. Conversaciones. Lima: Mosca Azul Editores. 1974. Pág. 151.
[110] Timothy Anna. La caída del gobierno español en el Perú. El dilema de la independencia. Lima: IEP. 2003. Pág. 51.
[111] Timothy Anna. La caída del gobierno español en el Perú. El dilema de la independencia. Lima: IEP. 2003. Pág. 311.
[112] Brian Hamnett. La política contrarrevolucionaria del virrey Abascal: 1806-1816. Lima: IEP. 2000. Pág. 14.